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Manuela Sáenz. Mujer y Patriota

Julián Isaías Rodríguez Díaz (Embajador de la República Bolivariana de Venezuela ante el Reino de España)   (29-11-2010)
Manuela Sánez
La historia de la humanidad es una larga historia de desigualdades. A veces pareciera que avanzamos muy lentamente y otras, pareciera que los procesos se estancan y hasta por ley divina retroceden. Casi llegamos a creer que se nos impone un orden cíclico de los acontecimientos en el cual nos sentimos combatiendo aunque, en verdad, poco hemos avanzado y estamos detenidos, cerca, muy cerca del mismo lugar donde comenzamos.

El imperio de cada tiempo ha sido un semental en el sentido más rudo y más vulgar del término. Un macho que machuca, golpea y hiere; un poder con garra de bestia que aplasta todo, mujeres y hombres, tornillo y rosca, martillo y yunque, varones y hembras, molde y arcilla. Un poder que aplasta voluntades y pueblos; utilizado siempre para abatir, hollar, moler, estrujar y confundir. Que nadie se trabuque, que nadie se equivoque ni se turbe ante ese poder milenario contra el que se han levantado libertadoras y libertadores. Hoy existen retos más desafiantes que los del siglo XIX.

En cada tiempo histórico se han consolidado, a escala internacional, distintas formas de dominio absoluto; pero, de igual manera, han surgido e irrumpido mujeres y hombres, seres humanos de cualquier sexo, en favor de la liberación de los pueblos. El imperio es una bestia disfrazada de "macho" que no reconoce clase social, ni raza, ni credo, ni orden, ni estatuto, ni vida, ni muerte. Todo debe formar parte de él. Todo lo material es suyo, lo tangible y lo corpóreo, lo ruin y lo palpable, pero no se detiene también quiere lo esencial, lo invisible a los ojos, el espíritu, la libertad, la dignidad, la solidaridad, la autonomía, la moral, el honor y la unidad. El imperio lo quiere todo.

Contra ese poder y contra ese formato de fuerza bruta, violenta, monopólica y machista, han luchado y seguirán luchando los seres inconformes y rebeldes que quieren cambiar ese modelo.

Una de esas seres inconformes fue Manuela Sáenz. Lo fue y lo seguirá siendo. El pasado 23 de noviembre se cumplieron 154 años de su muerte. En Paita se quedaron sus huesos en 1856. En el departamento de Piura del Perú, entre minas de carbón y cereales, enterraron lo que le quedaba de piel y de sangre, después de haber demostrado que el amor cuando está hecho de ternura y coraje se vuelve piedra y estatua.

Es necesario y oportuno destejer hoy la voz de Manuela como testimonio de combate, de lucha dura, de lealtad en tiempo de traiciones. Es necesario destejer su palabra porque nació y vivió en un tiempo donde a la mujer se le cerraban las puertas y los caminos, la luz y las banderas, y apenas era útil para adornar ventanas y balcones.

Manuela Sáenz no necesita que calumniadores de los procesos libertarios hablen por ella. La verdad solo ocurre pocas veces. Esta ecuatoriana llena de causas pasó como un escándalo en medio de la libertad. No tenía el alma cerrada por reformas y en un lugar de ella donde silbaba el viento había guardado un caballo de madera que ganaba batallas.

De ella sé que dejó en los desiertos y en las montañas, en los ríos, en los puentes y en una historia llena de hechizos unos días descalzos sin costumbres que el Libertador guardó en cartas que aún leemos hoy. Algunas veces hemos mirado al tiempo observándola con el propósito de interpretarla, como si de verdad quisiera descifrarla. Debió ser en unos de esos instantes en que Manuela se volvió Patria y Mujer al mismo tiempo.

Debió ser cuando pidió a Bolívar que creara la República de Bolivia. Apenas recuerdo lo que dijo: "...Un pueblo agradecido con la espada y la voluntad de usted, puede ser el abono para que se fortalezcan la justicia y las instituciones republicanas". Apenas recuerdo sólo párrafos de su carta al héroe: "He recogido muy reservadamente algunas opiniones de la gente que le es fiel a usted y comparten el entusiasmo de ver nacer un Estado con su nombre". No puedo olvidar aquel "permítame" de Manuela: "Permítame ayudar a multiplicar la libertad y juntos habremos procurado una hija que sólo usted y yo sabemos que es el producto de este sentimiento que desafía la barrera de los tiempos". ¡Cuánta ternura había en la valentía de aquella mujer! "Ahora, que ya lo sabe -le dice sin conjuros al Libertador: "...repréndame con indolencia y con la dulzura con que usted corrige los desvaríos de los pueblos. Su enojo será la mejor prueba de que la Historia se construye con locuras de amor y de coraje". Pero la carta merecía un final más eterno y menos combativo: "Así veré nacer una hija que mantendrá mi tributo al reconocimiento de usted... gestado en los nueve meses que han transcurrido desde el triunfo de Ayacucho hasta el primer aniversario de Junín".

¡Sorprendente Manuela! Sin grietas, sin sombras, sin frío, sin edad, sin razón, con toda la sabiduría de una botella de mar en la tormenta.

Difícil y mezquino sería no percibir esta carta como el compromiso de una mujer con la libertad y la dignidad del tamaño de una república. Manuela Sáenz, nacida en Quito, Ecuador, el 27 de diciembre de 1797, fue definida por el Libertador como "Mujer y Patriota" en una carta que le dirige al general Córdova, y en la que recuerda el respeto que Manuela merece.

"Ella es también Libertadora por su osadía y su valor sin que ni usted ni otros puedan objetarle nada. Es de ese valor y sea osadía de donde viene el respeto que ella se merece como Mujer y como Patriota".

Y es precisamente este título que de Mujer y Patriota lo que le confiere esencia y personalidad para asumir con hidalguía la representación personal de un Continente, de un Continente hembra y no macho, de un continente mujer y no hombre, de un Continente Rosca y no tornillo, Yunque y no Martillo, Arcilla y no molde... de un Continente Idea y no Cuerpo.

Manuela Sáenz amó a Bolívar como hombre y líder y compartió con él los ideales por los cuales ella también luchaba mucho antes de saber que había alguien a quien le había otorgado el título de Libertador. Por ello la vistieron de honores militares mariscales como Antonio José de Sucre quien, al verla bravía y desmesurada en la Batalla de Ayacucho le sugiere al héroe que la ascienda a coronela. Coronela Manuela Sáenz se le asciende a Coronela porque un himno de gloria sin eclipses ha cantado su nombre.

Sin embargo, aún hay historiadores que con palabra torcida, más intencionada que sustentada, pretenden descalificarla intentando en vano desprestigiarla. Y como si el problema no fuesen los opresores sino los insurrectos, apuntan a las mujeres y a quienes defienden una idea como si en medio de tanta ignominia ni siquiera hubiese derecho a la rebelión.

Manuela no fue ajena al veneno del poder bestia del siglo XIX. En su momento se le difamó por el hecho de ser una mujer osada que dio la espalda a su marido inglés para irse tras la idea de una bandera que deja huellas donde se estrellan soles y cometas y pueblos y sueños y patrias repletas de independencia. Aún bien entrado el siglo XX, los escribidores de la historia maquillada a conveniencia de los poderes transnacionales continúan fabricando mujeres insaciables de sexo que carecen de valor histórico. Reconocidos intelectuales de la América lacaya escriben novelas y tratados que pretenden enterrar la importancia de Manuela en la historia de las reivindicaciones sociales. Y en muchas de esas historias se usa su condición de mujer para acentuar el menosprecio a su participación en las gestas libertadoras.

La investigadora madrileña Consuelo Triviño Anzola equipara la dimensión de Manuela Sáenz, en la lucha por los derechos de hombres y mujeres, con la de Olimpia de Gouges. Sobre Manuela y Olimpia escribe Consuelo Triviño palabras como estas: "El discurso oficial de la historiografía nos dice que la traducción de los 'Derechos del hombre', formulados por la revolución francesa, hizo tomar conciencia en América de la opresión y de la necesidad de libertades. Lo que no dice ese discurso oficial es que los 'Derechos del hombre' tienen su correlato femenino y que una mujer llamada Olimpia de Gouges (1748-1793), protestó por el desprecio a los derechos de la mujer. Su encarcelamiento y ejecución por parte del despotismo jacobino, demostraron el fracaso de ese intento igualitario y el largo camino que esperaría a las mujeres en el reconocimiento de sus derechos". Y asegura Consuelo que "En ese contexto internacional debe situarse la figura de Manuela Sáenz, quien participó en la causa patriótica, no por amante de Bolívar sino por lo que él encarnó: el sueño de unas naciones libres".

Y es que Manuela Sáenz, como dice Consuelo Triviño y como lo sabe la historia popular del continente americano, desde muy joven se entregó a las causas libertarias. Reconocida por el general San Martín con la orden de "Caballeresa del sol", Manuela fue ante todo una mujer desprendida de los reconocimientos y de los valores materiales. Manuela entregó su vida con igual dedicación tanto para defender a Bolívar en el atentado que cometieron en su contra en Colombia, como para enfrentar a los generales que se oponían a que ella y las esclavas, por ser mujeres, se unieran al ejército. Y escribe Manuela:

"Señores Generales, no nos permitieron unirnos a ustedes; tanto Jonathás como Nathán -las dos negras que la acompañaban- sienten como yo el mismo interés de hacer la lucha porque somos criollas y mulatas y al igual que a ustedes nos pertenece la libertad de este suelo..." En esta frase de Manuela, "Sienten como yo el mismo interés de hacer la lucha", un llamado histórico a hombres y mujeres, esclavos con cadenas y esclavos sin cadenas, a participar en la liberación colectiva del mundo.

Si la opresión es para todos, bien en categoría de miserables o bien en categoría de sobrevivientes la liberación no es más que una voluntad compartida. Así lo asumió Manuela, en campo abierto, a pie en el desierto, escalando cordilleras y montañas, desafiando traiciones y sombras que en plena luz del día saltaban de las ventanas para perseguir el agua que se escurría debajo de los puentes.

Manuela murió a los 59 años, víctima de una epidemia de difteria en la región de Paita. Hoy me he negado a destacar los años de penurias y persecuciones que padeció tras haber sobrevivido 26 años a la muerte de Simón Bolívar. Hoy no vale la pena agregarle más líneas a las brutales mezquindades que se lanzaron en su contra. En lugar de todo eso me uno a Neruda para cantar con él:

"Manuela
Brasa y agua
Columna que sostuvo
No una techumbre vaga
Sino una loca estrella.

Hasta hoy respiramos Aquel amor herido
Y aquella puñalada de sol
En la distancia"

Hoy, cuando el verdadero objetivo de los imperios y las transnacionales es el dominio y la colonización de la Tierra, debemos invocar el amor con coraje de Manuela para que, quienes pretenden borrar del espacio y la memoria la idea de Patria, sepan que como lo escribió El Che, "el verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor"... y la lucha no tiene sexo y tampoco es por un continente, la Patria es la Tierra y la tierra es una mujer vestida de banderas, de dignidad y de justicia.
 

Discurso para la presentación del libro “Manuela Sáenz, generala del Ejército Libertador. Parlamento de Canarias - 26 de noviembre de 2010
 
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